La lección de “La casa grande”: el odio es el camino a la derrota

La autora de este artículo se unió en marzo al reto lector 10 libros en 2020. Entusiasmada con la novela, leyó casi la mitad en voz alta para su mamá y cada vez que terminaban un capítulo hablaban sobre él. El entusiasmo la llevó a escribir este texto de opinión, un contenido que nace del Club de Lectura Virtual para alimentar el especial Leer para entender La casa grande.

Por Malely Linares Sánchez*

En la fosa no se sabe
si esas son o no tus manos.
Amasijo de un cadáver
tal vez un otro cristiano
O te suben a un tren militar
cuando ya eres un despojo.
Canción El Platanal. 1280 almas

En Colombia la horrible noche no cesa, tampoco se avizora la libertad sublime, pero, eso sí, cada día nuestros surcos se tiñen con la sangre de héroes. En el país nos preceden décadas repletas de despojos fúnebres que han sido condenados a perecer bajo el señalamiento del dedo de los poderosos. Así ocurrió con la “Masacre de las bananeras“, un imborrable suceso en el que fueron arrebatadas las vidas de al menos un centenar de huelguistas, quienes demandaban mejores condiciones laborales en el municipio de Ciénaga, Magdalena, en 1928. La represión fue orquestada por el gobierno de Miguel Abadía Méndez, a favor de la United Fruit Company.

Ese atroz pasaje de nuestra historia es el protagonista de La casa grande, una novela escrita en 1962 por la majestuosa pluma de Álvaro Cepeda Samudio, quien narra a través de algunos personajes la historia de todo un país. Sus páginas nos adentran en la Colombia de las primeras tres décadas siglo XX, en donde la economía se basaba en la exportación agrícola.

Aquí, los campesinos son representados en el capítulo “El pueblo” y encarnan el espíritu que busca justicia, pese al miedo frente al gamonal. “El padre”, descrito con todas las características que personifican al machismo, es la imagen del patriarcado y, en general, es el símbolo del Estado autoritario que aún hoy domina al país.

Esta novela inicia con un capítulo revelador, titulado “Los soldados”, en un diálogo, uno de ellos reflexiona sobre el sinsentido de disolver la huelga:

–Es una huelga.
–Sí, pero no tienen derecho. También quieren que les aumenten los jornales.
–Están en huelga.
–Claro: y por eso nos mandaron: para acabar con la huelga.
–Eso es lo que no me gusta. Nosotros no estamos para eso.

Con las escenas que describe, Samudio deja como precedente una denuncia sobre la incertidumbre de la guerra, la desolación y el horror que quedan al final. “Tuve miedo, tuve miedo cuando oí tantos disparos. ¿Por qué los mataron? No tenían armas. Tú tenías razón: no tenían armas. ¿Y ahora qué vamos a hacer?”

El paisaje al que nos traslada el autor es gris, oscuro, triste, invadido de dolor y melancolía. Lejos de allí están los colores, la “playa, brisa y mar”, el folklore con el que asociamos, como un lugar común, al Caribe colombiano. En Ciénaga, las mujeres cargan sobre sus hombros el fatídico destino, la palabra silenciada y el cuerpo violentado como mecanismo de dominación. Aunque La Hermana –uno de los personajes– intenta rebelarse a la autoridad del padre, termina por reproducir la más siniestra opresión. En La casa grande habita el nepotismo, un reflejo de la realidad existente a una mayor escala: la del país.

El autor es enfático en dejarnos una reiterada lección, tan pertinente en estos momentos: el odio es el camino a la derrota.

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* Sobre la autora: Malely Linares Sánchez es periodista y licenciada en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Es maestra en Estudios Latinoamericanos y especialista en Negociación y Gestión de Conflictos Políticos y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente es doctorante en Estudios Latinoamericanos (UNAM). Disfruta de la lectura, especialmente la poesía, las crónicas y es una amante de la fotografía.

Más artículos sobre la obra de Álvaro Cepeda Samudio:

Lee también: ¿Por qué creamos un Club de Lectura Virtual? Las razones detrás de esta iniciativa.

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