“Las estrellas son negras”: una obra colombiana más que necesaria


Desde Manizales, Caldas, la autora de la siguiente reflexión comenta sus impresiones sobre la primera obra del reto 10 libros en 2021. ¿Por qué es esta una novela que toda Colombia debería leer? Un artículo del Club de Lectura Virtual.


Por María Clemencia Vallejo*

La novela Las estrellas son negras fue escrita en 1948 por el autor chocoano Arnoldo Palacios. A través de su protagonista, el joven Israel, esta obra literaria retrata un día en la cotidianidad de una familia de Quibdó, asentada a orillas del río Atrato; una familia que, aún cuando habita en uno de los lugares más biodiversos y exuberantes del mundo, vive en condiciones de escasez, como consecuencia de la marginación a la que han sido sometidos históricamente por el Estado colombiano. 

En el relato que se ofrece desde el sentir de Israel, su autor transmite con contundencia el infortunio de la pobreza, la desventura de empezar un nuevo día sin ningún privilegio, ni siquiera el de tener en su casucha un sanitario para dar “cumplimiento al deber fisiológico”. En la narrativa, a los lectores nos es posible rastrear los pensamientos del abstraído protagonista, las rememoraciones y reflexiones con las que cuestiona la desigualdad, el racismo y la presencia de Dios en su vida que cada vez siente más inútil. 

Este viaje a las cavilaciones de Israel nos acerca a la forma en la que la precariedad, el hastío del esfuerzo cotidiano de salir a flote y la falta de respuestas, va convirtiendo a un hombre joven con sueños y expectativas de futuro, en un alma atribulada, llena de amargura y odio hacía sí mismo y hacía los demás, en quienes, sin darse cuenta, ve reflejado su propio sufrimiento y su itinerario sin propósito. 

En momentos de la narración, la angustia que refleja Israel –quien tan solo cuenta con 18 años– se confunde con el delirio. Aunque al final de la historia su ánimo parece renovado, esto no es más que el efecto de fantasear con una realidad distinta, fantasía que le ofrece una bocanada de aire fresco que se confunde con entusiasmo; esta sensación podría convertirse en un cierre esperanzador de la historia, si no fuera por la vigencia de la obra.

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Leer a Palacios es recordar las deudas del Estado y de la sociedad en general con las comunidades negras, las cuales, pese a la reivindicación cultural lograda tras la promulgación de la Constitución de 1991 y la Ley 70 de 1993 –con la cual se les reconoce el derecho a la propiedad colectiva sobre la tierra–, aún siguen viviendo en condiciones de precariedad; desde los servicios básicos insatisfechos denunciados en el libro, hasta el derecho a una vida libre de violencia que sigue sin materializarse hasta hoy.  

En 1948, Palacio contaba, a través de un día en la vida de Isra, cómo en el Pacífico, los jóvenes corrían el riesgo de perder su futuro, de resignarse rápidamente a una vida de miseria debido a la falta de oportunidades. ¿Qué diría el autor hoy?, Israel en una de sus muchas reflexiones parece anticiparlo:

¡Y pensar que la tragedia había sobrevivido siglos! ¡Presentir que el destino de las generaciones venideras era el mismo destino!

En Isra hay una gran soledad, un ahogo que se hace más profundo por no tener con quien conversar sobre sus preocupaciones, por sentir que no tiene ningún apoyo. Sus reflexiones desmedidas sin interlocutor se parecen a una región que resiste frente a la mirada insensible de un país que solo a través de la televisión se acerca por temporadas a la realidad de precariedad y violencia que aqueja a las comunidades negras y en especial a los jóvenes. Por tanto, esta obra es más que necesaria, se convierte en un reclamo de justicia que debe interpelar a la ciudadanía del centro del país que, con su indiferencia, contribuye a perpetuar este destino anunciado por Palacios hace tantos años atrás. 

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* María Clemencia Vallejo es socióloga manizaleña, magíster en Historia y Memoria. En portada: imagen de Pablo Salgado Barrientos © 2015.

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