Lee aquí las primeras páginas de “Catalina” una novela colombiana


Para animar a la lectura de esta obra, compartimos las primeras páginas. Con ello, invitamos a Colombia a descubrir a una escritora admirable: Elisa Mújica. ¿De qué se trata Catalina, la novela que publicó en 1963? Comienza hoy mismo a leerla.

Esta lectura hace parte del reto 10 libros en 2021. Para conocer el plan de lectura visita el micrositio del Club de Lectura Virtual.


Catalina

Elisa Mújica

 I

El día en que me enteré de la vez de la muerte de Samuel y de la de Giorgio, pude llorar delante de todos, porque Samuel era mi marido. Rodolfo fue quien me dio la noticia. Se colocó junto a mí mientras me decía:

—Cálmese, Catalina. Recuerde su estado y que si llora le hará daño.

Yo lloraba no solo por Samuel y no solo por Giorgio.  Tampoco lo hacía únicamente por el horror de saber que había contribuido a esas muertes. Lloraba también por una muchacha borrosa y desprevenida que antes había conocido.

De eso hacía mucho tiempo. Fue en la mañana en que se decidió mi matrimonio. Mi madre me llamó para hablarme a solas y me dijo:

—El coronel Samuel Figueroa ha venido a pedirme su mano. Quiere que el casamiento sea pronto, sin más demoras.

Samuel me había dicho a mí lo que haría, pero al oír sus palabras en boca de una tercera persona dejaban de ser las mismas. Ya no nos pertenecían a los dos, sino que empezaban a recorrer un camino misterioso y cesaba nuestro poder sobre ellas. No me quedaba más remedio que obedecerles.

Mi madre seguía hablando. Su interés se concentraba en la fiesta de bodas. Sería íntima y no invitaríamos sino a la familia, pues estábamos todavía de medio luto por la muerte de mi padre. A mí se me ocurrió una pregunta. 

¿Convidaríamos a María Amalia? Al fin y al cabo era también de la familia. No obstante, ¿qué opinaría de eso mi madre?

Mientras me describía los preparativos que debíamos comenzar en seguida, yo no la escuchaba por el placer de repetir bajito mi futuro nombre: Catalina Aguirre de Figueroa, Catalina Aguirre de Figueroa. Cuando entrara en una sala y Domitila, mi mejor amiga, me presentara a la gente, sonaría bien. Yo llevaría un vestido de talle ajustado, largo hasta los pies, y sombrero de velo, flores y plumas. Me mostraría muy amable y al sonreír me acordaría de mi nuevo estado y de la importancia que me confería.

—La guerra nos ha dejado sin hombres —decía mi madre—. Si no hubiera sido por David Bullón, que invitó a Samuel a Bucaramanga, usted no habría podido encontrar un partido tan bueno. Necesitamos alguien que maneje las haciendas. Ya está visto que mis hijos varones no sirven para el campo.

—Pero Troncoso es un buen administrador y Emilia le ayuda, mamá. Antes, usted no se quejaba de ellos.

—¡Bah! Los extraños no saben defender los intereses de una familia. En cambio, ahora cambiará todo para nosotros. 

Me inundó una sensación de descanso, como si lo que me correspondiera realizar en la vida empezara a cumplirse mágicamente con el anuncio de mi casamiento. No importaba que mi madre, al enumerar mis futuros deberes de casada, hiciera insinuaciones sospechosas. Yo la escuchaba con la docilidad inspirada por lo desconocido, pero no lograba inquietarme. Samuel y yo seríamos felices. Pasaríamos temporadas en Las Hojas y Madroñal, pues yo montaba a caballo tan bien como él y me encantaban los trabajos del campo.

Por lo demás, de las palabras de mamá se desprendía que el papel de las esposas se hallaba previsto hasta en los menores detalles. No cabía ninguna alarma. Y, en fin, después de todo, cada día mi marido se marcharía a sus ocupaciones y yo quedaría sola, con los niños, dueña y señora de mi gran casa.

Mi madre y yo teníamos genios distintos. Al hablar no nos entendíamos. Yo la criticaba en silencio. Detestaba su aire satisfecho, su elegante saya negra, su mantilla de blonda, su cara salvada —no sabía por qué milagro— de los desastres que en los demás ocasionaban los años. En otro tiempo había rezado para conseguir que envejeciera. Pero su belleza no mostraba aún ninguna tacha. Únicamente sobre sus facciones empezaba a caer como una lluvia de polvo muy fino. Este las fijaba, las endurecía igual que si las volviera de piedra. Ah, si mi padre…

Pero no. Me había propuesto no amargarme por lo que no tenía remedio. La voz de mamá arañaba una vieja herida. Debía procurar no sentirla.

Gracias a Dios, en el cuarto en que nos encontrábamos y que ella llamaba el gabinete, me distraía. Al frente se hallaba un escritorio pequeño. Estaba fabricado en madera de ébano y tenía incrustaciones de nácar. Mi silla de montar era también pequeña y delicada, pero podría jurar que un escritorio como ese no existía en ninguna otra casa de Bucaramanga.

Mi madre lo había heredado de una tía política, una Torres, bogotana, que viajó a París y que se llamaba Catalina como yo. Un día que lo arreglaba descubrió, en la fila de gaveticas secretas de la parte superior, una libreta de viaje con direcciones de perfumistas y modistos franceses y dos nombres, José Antonio y René, repetidos casi en todas las páginas y unas veces tachado el primero y con un interrogante el segundo. El nombre que la vida borró para Catalina Torres fue el de René, pues se casó con un tío abuelo mío llamado José Antonio. Vivió pocos años con él. Después se separaron y unos meses más tarde murió mi tía, de una manera misteriosa que parecía un suicidio. Se encontró vacío en su tocador un frasco de belladona.

Mamá apreciaba mucho el escritorio y lo había colocado en su habitación preferida, el gabinete. Cuando mi padre vivía, reía alegremente al oírla nombrarla de ese modo. Afuera, en los corredores, se respiraba el olor a campo y a boñiga fresca de los burros que cargaban el agua. Estos se llevaban enredados en sus patas los pensamientos que crecían en el patio, mientras el aguador descargaba los baldes y conversaba con las sirvientas, y yo veía brillar los pétalos amarillos y de un azul tan profundo que me producía frío, entre los pelos ásperos y grises. Pero bastaba que mi madre pronunciara la palabra «gabinete» para que la casa cambiara. Entonces parecía digna de ser habitada por heroínas de novelas, encerradas en verdaderos gabinetes para escribir diarios.

Desde que me había quedado huérfana, el recuerdo de la risa de mi padre gemía dulcemente para mí en algún sitio. Yo deseaba el escritorio. Pero decididamente no se lo pediría a mamá. Ella nunca acertaba con mis gustos cuando me hacía un regalo.

No había más solución que dejarlo allí, junto a los retratos viejos colgados de las paredes empapeladas en papel amarillo claro, con guirnaldas doradas. Uno de los retratos era del abuelo Vélez, de mostachos rectos en forma de cepillo y ojos hipócritas de pescado. El otro, una pequeña miniatura, representaba a mi abuelita María Corazón de Aguirre, que tenía los ojos verdes, idénticos a los de María Amalia.

¡Qué bueno era el tiempo de antes, cuando ignoraba lo que iba a suceder! Entonces podía hablar sin miedo hasta del escritorio de Catalina Aguirre, hasta de María Amalia y de Emilia, la mujer de Perico Troncoso. Después dejaron de ser inofensivas no solo las personas, sino las cosas. Ahora no puedo nombrarlas sin acordarme de todo.

Catalina Aguirre, viuda de Figueroa.

Y Rodolfo, el hermano de mi marido, no se cansaba de repetirme:

—El mensajero que llegó por la mañana, cuando usted no se había levantado todavía, me contó que el cadáver de Samuel apareció despeñado, en un barranco muy hondo, cerca de la hacienda de Madroñal. Pero el cadáver que encontraron primero fue el de Giorgio Volta y tenía un balazo en el pecho. La hermana de usted, María Amalia Aguirre, declaró que esa tarde esperaba en la hacienda a Giorgio, pues era su novio. Faltaban apenas ocho días para el matrimonio y ya habían leído las amonestaciones en la iglesia del pueblo. María Amalia acusó a Samuel de haberlo matado. Él, después de disparar, anduvo y no vio el barranco, a pesar de conocer muy bien el camino. He hecho mal en contárselo, Catalina. En el estado en que se encuentra es terrible.

Era terrible. Pero, aunque lo fuera, yo debía recordar las palabras de María la antevíspera de mi viaje. No podía olvidarlas.

Antes de irse Rodolfo me dijo:

—Para Samuel tuvo que ser insoportable pensar que María Amalia se casaba. Así se hundían sus sueños de apoderarse de la inmensa fortuna de ella. Samuel siempre fue el mismo, desde pequeño.

Yo seguía llorando. Resultaba preferible a hablar. Nada podía explicar a Rodolfo, que me vio llegar a Bogotá, sola, separada de mi marido y esperando un hijo y que a pesar de eso me había ayudado más que mi hermano Fabio. Era un hombre bueno. Pero algunos temas no debían tratarse. 

A él no tenía derecho a mirarle la cara. 

Sin embargo, me habría gustado contárselo. 

Conoce el plan de lectura de esta obra, propuesto por el Club de Diario de Paz para el mes de mayo de 2021

II

Samuel y yo fuimos a pasar la luna de miel a la casa de Las Hojas, mejor y más grande que la de Madroñal. Allí empecé a hacer todos mis descubrimientos. 

Mi marido no se apartaba de mi lado. Al comer, al dormir, al bañarme en el río, siempre estaba conmigo. Me hacía sentir como si esperara recibir todavía más de lo que yo le daba.

En esos momentos mi instinto me aconsejaba tranquilizarle. Todo dependía de que lo hiciera. Sin embargo, yo también tenía que formularme mis propias preguntas. Y nadie me las contestaba.

Lo que Samuel me revelaba despertaba mi curiosidad por saber más. Pero no me decidía a dirigirme a él. Entonces resolvía huir.

Aprovechaba cualquier momento y saltaba a mi caballo, rápida como un animalillo. Galopaba durante horas. El viento me golpeaba la cara y sobre mi caballo me sentía fuerte. La luz cruda del mediodía bañaba las inmensas montañas. El escenario era soberbio, pero a mí apenas me parecía digno de una mujercita como yo, trémula porque acababa de conocer la vida.

Aunque las montañas no respondían a mis interrogantes, me aliviaban. Al fin comprendía que debía regresar. Preparaba unas frases para disculparme y retardaba lo más posible el instante de reencontrar a Samuel, aunque no había pensado sino en él desde el momento de mi salida.

Mi marido me esperaba midiendo a grandes pasos el corredor que rodea en Las Hojas la parte exterior de la casa. Al verme me preguntaba:

—¿Por qué huye de mí, Catalina? ¿Qué le pasa?

Yo le miraba, asombrada. En seguida me recobraba, sonreía y decía lo que pensaba que le gustaría, como mi madre y las otras mujeres de mi casa me habían enseñado que debía hacer.

Samuel no olvidaba su rencor y seguía quejándose:

—¿Es que no comprende a qué se expone al salir sola por estas trochas? ¿No sabe que en las montañas hay escondidos exsoldados que no se entregaron a la autoridad después de la guerra y se han convertido en bandoleros? Soy su marido y me corresponde protegerla.

Yo deseaba entonces repetirle que le quería. Hubiera dado cualquier cosa para encontrar las palabras precisas a fin de explicarle el motivo de mis fugas. Iba a confesárselo, pero en el minuto en que empezaba a decir: «Samuel…», cambiaba de idea.

Pisaba un terreno peligroso. ¿Qué pensaría él? Me juzgaría rara. Si me comparaba con otras mujeres, llegaría a la conclusión de que no les había oído nada parecido. En lugar de reconocer su ignorancia, se enojaría. Lo imaginaba con la rapidez del rayo. Y me callaba.

De no haber sido por circunstancias especiales, a mi madre nunca se le habría ocurrido casarme con un militar. Deseaba para yerno un hombre que hiciera de nuestras fincas lo que no había conseguido mi padre. El plan encerrado en su pequeña cabeza, sometida cada mañana a la tortura de los rizos y las tenacillas calientes, se veía muy personal. Pero no se trataba únicamente de mejorar la situación de nuestra familia.

Sus proyectos iban impulsados por la misma corriente que arrastraba a todos los colombianos. Mi hermano Héctor, un año menor que yo, deseaba la paz para establecerse en Bucaramanga como comerciante. Cuando él o Fabio, mi otro hermano, escuchaban la noticia de que un nuevo general se había alzado en armas y salía a los caminos acompañado de los peones de su hacienda para combatir, los ojos se les oscurecían. Solo querían vivir tranquilos, hacer negocios y engendrar hijos.

El cansancio acumulado por tantas guerras era como un temible viejo sentado encima de todos, oprimiéndonos los huesos. Cuando el capitán Samuel Figueroa contempló por primera vez desde lo alto de su caballo los campos santandereanos, la víspera de la batalla de Palonegro, fue como si lo golpearan.

Aunque nacido en Bogotá, pertenecía a una familia oriunda de Bucaramanga. Recordaba que, de niño, una sirvienta le contaba historias que tenían por fondo las viejas montañas. Para él, estas se hallaban repletas de promesas como las personas. Pero ahora la guerra había acabado con ellas.

En Palonegro iba a jugarse la última carta. Sabía que, de perderla los suyos, aunque conservaran la vida y aunque después obtuvieran otros bienes y triunfos, de verdad, de verdad, no se consolarían nunca. Cuando entraran en una sala y vieran a lo lejos a los vencedores, rodeados de amigos, no podrían librarse del deseo de olvidar, frente a las botellas o junto a un grupo de oyentes ingenuos, los únicos capaces de escuchar su relato sin mirarlos con aire de superioridad.

Pero, en cambio, si ganaban todo se volvería fácil. La victoria los acompañaría como si los envolviera en un papel de plata brillante. Samuel podría retirarse del ejército y comprar a menos precio una hacienda en Santander. Se había jurado llegar a rico en la tierra de donde habían salido sus padres. Lograría que de nuevo se pronunciara allí su apellido con respeto, como sucedía antes de la ruina y el exilio de su familia.

Muy joven había estudiado la carrera de Derecho en el Colegio del Rosario de Bogotá. El día de su grado recibió el diploma de manos de un hombre alto y pálido, con bigotes de puntas retorcidas y casaca negra. Desempeñaba allí un cargo honorario, pero Samuel sabía que había sido enemigo político de su padre. Al mirarlo con el diploma en la mano le recorrió un estremecimiento inexplicable. Aunque en adelante estuviera obligado a experimentar gratitud hacia él, lo cierto era que los colombianos estaban divididos en dos bandos. A Samuel, la sangre le señalaba su sitio. Eso no podía cambiarlo.

La misma noche se alistó en una partida de revolucionarios liberales. Había resuelto entrar a la desesperada en la lucha. Cuando lo anunció a sus amigos en el restaurante La Rosa Blanca, brindó con champaña. Iba envuelto en una capa española y llevaba en la solapa un retrato de Martí. Al terminar de comer recitó poemas de Victor Hugo. No le daba miedo la guerra.

Pero a la mañana siguiente, al reunirse con sus camaradas, las cosas habían cambiado de aspecto. Aunque recordaba las palabras de la víspera y habría podido repetirlas una a una, ya no sonaban lo mismo. La noche anterior, en el restaurante, eran verdaderas y cálidas, pero ahora parecían lejanas y frías. Sin ellas no le quedaba sino un cuerpo congelado que se movía detrás de los otros, con una punzada dolorosa en la espalda. Su compañero de fila, de edad indefinible, desdentado y con ojos saltados de las órbitas, se llamaba Pontón.

III

En cada combate, Pontón buscaba el sitio de mayor peligro. Las balas le respetaban y regresaba sano y salvo al lado de Samuel. Al cesar el tiroteo le decía:

—Cuando entré en la revolución hice voto de recoger a los heridos. Acompáñame. Vamos.

A Samuel no le quedaba otro recurso que seguirle, aunque le odiaba en secreto. Llevaban un farol y a su luz contemplaban los cadáveres. Unos tenían una expresión plácida en la cara, aunque una cuchillada les hubiera sacado los intestinos como un racimo. No se veían tan misteriosos en su inmovilidad como los otros, a los que les había sonado la hora en medio de un cruel espasmo de dolor y rabia. Estos llegaban a la eternidad con una rebeldía y una pregunta sin respuesta.

Junto a los muertos estaban los heridos. Se quejaban lo mismo que si tuvieran por dentro un incendio, pero en lo más profundo se traslucía su alegría por estar condenados únicamente a arrastrar en adelante una pierna o un brazo inertes, inútiles. Los campos quemados por el sol y por las balas se parecían a los cadáveres en su hostilidad y su mutismo.

A veces, cuando designaban a Samuel para alguna comisión que debía cumplir solo, conducía despacio el caballo mientras pensaba en sus tiempos de estudiante del Rosario. Entonces les había dicho a sus camaradas: «Si no nos dejan vivir de acuerdo con nuestros ideales, a lo menos seremos capaces de morir por ellos». Recordarlo era ahora lo mismo que ver la fotografía de un hermanito menor, con capul y melena de pajecito, que había muerto a los diez años a consecuencia de la caída de un árbol, empujado involuntariamente por Samuel. Esa fotografía siempre le producía una molestia en la garganta.

Pero el día de la batalla de Palonegro no pensaba en nada distinto de dirigir los movimientos de los hombres que el general Uribe había puesto bajo sus órdenes. Sin embargo, tenía vergüenza de no imitar la conducta del viejo que desafiaba la muerte. Se dedicó a seguirle desde que silbaron las primeras balas. El segundo día ambos cayeron heridos. Pontón murió y a Samuel le ascendieron a coronel.

Desde la muerte de mi padre, yo me había convertido en una pesadilla para el doctor David Bullón. Me encontraba pálida, delgada y necesitaba de tratamientos. Temía que los militares se apoderaran de mi herencia. Muchas veces llegaba a casa y pasaba las horas encerrado en el gabinete con mi madre, dedicados a trazar planes. La mañana en que le dieron la orden de trasladarse como médico militar a Palonegro, me miró pensativamente al despedirse. Llevaba en la mano su negro maletín, repleto de vendajes, algodón y desinfectantes. La primera vez que lo abrió en el hospital de sangre fue para atender a mi futuro marido.

Mientras los hombres caían heridos y morían en el cerro, las señoras y señoritas de Bucaramanga, desde las ventanas de las casas y armadas con anteojos de larga vista, los contemplábamos. Se perfilaban las siluetas de las mujeres que se acercaban a los heridos, llevando cantimploras de agua fresca. Sus figuras eran diminutas y negras, pero brillaban como si las rodeara un halo sobre el fondo de humo y montaña. El ruido de los cañones se había vuelto tan natural que, cuando cesó por fin, nos volvimos a mirar unos a otros como si nos buscáramos.

La herida de Samuel era grave. Fue preciso que pasara en el hospital de sangre los dieciocho días que duró el combate. El doctor Bullón se opuso a trasladarlo al pueblo; pero, apenas mejoró un poco, le ofreció su casa para pasar la convalecencia. Había simpatizado mucho con él. Samuel aceptó la oferta. Solo la aplazó un poco.

Fue dos años después cuando un exmilitar, de ojos oscuros y cautelosos y que aún usaba uniforme, llamó a su puerta.

—Soy Samuel Figueroa, su amigo de Palonegro —dijo simplemente al doctor a guisa de saludo.

A pesar del decreto general de amnistía acabado de dictar en Bogotá, se seguía peleando en la república. Pero los fusiles del Estado Soberano de Santander, que habían sido tan rápidos al disparar, se empolvaban ahora melancólicamente en los rincones y a ratos parecían estremecerse como si una sombra los tocara. A causa de la derrota liberal, Samuel había perdido las esperanzas de hacer carrera política.

Muchas veces obtenemos lo que deseamos de otras personas y les agradecemos su condescendencia, cuando en realidad se debe a que nuestros deseos coinciden con sus planes. El día en que insistí ante mi madre y el doctor para que invitaran a un paseo a Las Hojas al huésped del segundo, a quien acababa de conocer, yo cooperaba sin imaginarlo al resultado que los tres deseaban, especialmente el doctor.

Samuel conservaba su elegante uniforme militar, compuesto de dormán con vueltas verdes, botones blancos y charreteras bordadas en seda tricolor. Mientras duró nuestro paseo por la hacienda, el doctor no cesó de elogiar el valor de su amigo en Palonegro, sus estudios de abogado y su parentesco con familias santandereanas, dueñas antiguamente de casi la mitad del Estado. Repetía como una letanía que las fincas, puestas en buenas manos, duplicarían por lo menos nuestras entradas y nos permitirían salir de trabajos.

—Los potreros de la izquierda son muy buenos para pastos —dijo mi madre, que iba en su yegua, al lado de Samuel.

—Lo mejor sería montar un trapiche para beneficiar la caña de azúcar —contestó el exmilitar, con la mano en la visera de su pequeño quepis estilo francés, como si para él fuera lo más natural del mundo opinar sobre los problemas de nuestra finca.

El doctor Bullón hacía signos de aprobación con la cabeza, los pequeños ojos azules bañados de placer. «Tú sabes que yo asistí a doña Matilde a la hora de tu nacimiento —me dijo acercando su mula a mi caballo—. No deseo sino tu bien. Desde que quedaste huérfana tengo la obligación de ocuparme de ti.» Repetía palabras sin sentido: «Te quieren robar tu herencia, pero tu madre y yo te defenderemos, aunque sea en contra de tu mismo padre.» Desde lejos yo lo había visto beber más guarapo que los demás hombres.

En las semanas siguientes, Samuel continuó hospedado en casa del doctor. Por las tardes iba a visitarme. Conversábamos a través de los barrotes de la ventana. Me parecía el hombre con quien había soñado desde mi salida del colegio, aunque cada tarde, al verle surgir en la esquina de la calle y colocarse frente a mí en la ventana, con sus bigotes y su sombrero de jipijapa, porque ya había dejado de usar el quepis, me ponía extrañamente rígida, como si me preparara para resistir una lucha.

En las últimas semanas de 1902, mi novio tuvo que ausentarse durante varios días. Fue entonces cuando recomenzaron las reuniones políticas.

De todas partes volvían a salir amenazas, como si la inquietud que antes encontraba su cauce natural en la guerra se dirigiera ahora contra nosotros mismos. En la calle los amigos se miraban con suspicacia y los viejos caudillos se pavoneaban. Cuando se conoció en Santander el resultado fraudulento de las últimas elecciones, se pensó de nuevo en las armas.

Antes, algunas personas de mirada avizora habían se­ ñalado el peligro de que eso ocurriera. Pero nadie les hizo caso. Solo cuando la tragedia quedó consumada, cada uno sintió la necesidad de quejarse. Igual que los Gómez, los Reyes y los Aguirre, pensaban los Benítez, los Valenzuela y los Sarmiento. Habían pasado años combatiéndose por no entenderse y ahora resultaba que hablaban lo mismo.

Samuel, como exmilitar y a la vez abogado, adquirió gran ascendiente sobre ellos. En las asambleas pronuncia­ ba pequeños discursos. Al terminar, afirmaba:

—Hace mucho que Bolívar predicó la unión. Ahora, que ha empezado el siglo del progreso y de las luces, debe­ mos realizar su ideal.

Todos se miraban agradecidos y satisfechos. Panamá quedaba atrás, pues nos esperaba un porvenir magnífico. Pronto el país quedaría cruzado por redes de caminos fé­rreos. Podríamos explotar nuestras riquezas. No seríamos como antes, sino mucho más grandes.

Samuel quería encargarse rápidamente de las hacien­ das. Pero solo cuando pidió mi mano comprendí que el acontecimiento preparado en aquellos meses me concer­ nía personalmente y llegaba por fin.

En Las Hojas, mi marido dedicaba muchas tardes a contarme su pasado. Yo sabía que con esas confidencias recibía un don. Me hubiera gustado retribuirlo refiriéndo­ le también mi propia historia. Pero ¿esta qué podía tener de interesante? Samuel sonreía si yo ensayaba esclarecer en su honor mis oscuras ideas sobre ella. Imaginaba que cuanto le diría cabía en tres palabras: modestia, virginidad y sumisión. Le agradaban mucho tratándose de mí, pero resultaba preferible que fuera él quien hablara mientras estábamos juntos.

Sin embargo, cada día que pasaba hacía crecer mi con­ ciencia de esposa. Me daba cuenta de que, entre estas, existían varias clases.

Si me comparaba, por ejemplo, con mi cuñada María Luisa, la esposa de Héctor, quien había realizado por fin su proyecto de abrir un almacén en Bucaramanga y acababa de casarse, notaba que nuestra situación era distinta. Mi hermano consideraba a su mujer como un artículo de su tienda adquirido por él y, de consiguiente, de calidad in­ superable. Cuanto decía o hacía María Luisa estaba bien. Cualquier amago de crítica a su esposa significaba una ofensa infligida a Héctor. En el acto sus ojos oscuros, pa­ recidos a los míos, lanzaban chispas.

Pero a Samuel no le sucedía igual conmigo. Le gustaba humillarme. Aprovechaba cualquier ocasión para hacerlo. Si a la hora de la cena se derramaba el agua de azahar de la taza que yo sostenía en la mano, cambiaba una mirada con Casilda, la cocinera, y le decía:

—Se conoce que a Catalina no le enseñaron en su casa a ser cuidadosa. ¿Para quién la estaría criando doña Matil­ de? ¿Creería que vendría a buscarla el Delfín de Francia?

Yo sabía que él deseaba simplemente vengarse de algu­ na de mis absurdas escapadas a caballo. No obstante, me dedicaba a preparar en silencio argumentos para confun­ dirlo. Pasaban y repasaban por mi cabeza que se calentaba.

Sentía como si me frotara contra una piedra puntiaguda, nada más que por el amargo placer de ser herida.

Pero, a la vez, dependía de él. Cuando recordaba lo que había sido hasta la mañana en que entré en la iglesia de San Laureano del brazo de Héctor, sonreía. Una especie de hu­ medad brillante y delicada debajo de mis ojos me diferen­ ciaba, más que los vestidos, de mis amigas solteras.

Samuel, que ya había regresado, se encontraba cada tarde con el doctor Bullón, Héctor Aguirre, Simón Plata, Facundo Reyes y muchos más, en una casa pintada de verde. Aunque de aspecto inofensivo, la custodiaban desde lejos ojos de hombres, semiocultos por sombreros de palma, y de mujeres arrebujadas en sus pañolones como si se dirigieran a la iglesia. Al acercarse se apagaban los ruidos de los pasos. Un invisible compañero color de ceniza se colocaba a su lado, oprimía los cuerpos haciéndoles perder agilidad y levantaba una muralla que no permitía oír sino una voz silenciosa: el estado de Panamá acababa de separarse de Colombia y proclamar su independencia.

Antes, algunas personas de mirada avizora habían señalado el peligro de que eso ocurriera. Pero nadie les hizo caso. Solo cuando la tragedia quedó consumada, cada uno sintió la necesidad de quejarse. Igual que los Gómez, los Reyes y los Aguirre, pensaban los Benítez, los Valenzuela y los Sarmiento. Habían pasado años combatiéndose por no entenderse y ahora resultaba que hablaban lo mismo.

Samuel, como exmilitar y a la vez abogado, adquirió gran ascendiente sobre ellos. En las asambleas pronunciaba pequeños discursos. Al terminar, afirmaba:

—Hace mucho que Bolívar predicó la unión. Ahora, que ha empezado el siglo del progreso y de las luces, debemos realizar su ideal.

Todos se miraban agradecidos y satisfechos. Panamá quedaba atrás, pues nos esperaba un porvenir magnífico. Pronto el país quedaría cruzado por redes de caminos férreos. Podríamos explotar nuestras riquezas. No seríamos como antes, sino mucho más grandes.

Samuel quería encargarse rápidamente de las haciendas. Pero solo cuando pidió mi mano comprendí que el acontecimiento preparado en aquellos meses me concernía personalmente y llegaba por fin.

En Las Hojas, mi marido dedicaba muchas tardes a contarme su pasado. Yo sabía que con esas confidencias recibía un don. Me hubiera gustado retribuirlo refiriéndole también mi propia historia. Pero ¿esta qué podía tener de interesante? Samuel sonreía si yo ensayaba esclarecer en su honor mis oscuras ideas sobre ella. Imaginaba que cuanto le diría cabía en tres palabras: modestia, virginidad y sumisión. Le agradaban mucho tratándose de mí, pero resultaba preferible que fuera él quien hablara mientras estábamos juntos.

Sin embargo, cada día que pasaba hacía crecer mi conciencia de esposa. Me daba cuenta de que, entre estas, existían varias clases.

Si me comparaba, por ejemplo, con mi cuñada María Luisa, la esposa de Héctor, quien había realizado por fin su proyecto de abrir un almacén en Bucaramanga y acababa de casarse, notaba que nuestra situación era distinta. Mi hermano consideraba a su mujer como un artículo de su tienda adquirido por él y, de consiguiente, de calidad insuperable. Cuanto decía o hacía María Luisa estaba bien. Cualquier amago de crítica a su esposa significaba una ofensa infligida a Héctor. En el acto sus ojos oscuros, parecidos a los míos, lanzaban chispas.

Pero a Samuel no le sucedía igual conmigo. Le gustaba humillarme. Aprovechaba cualquier ocasión para hacerlo. Si a la hora de la cena se derramaba el agua de azahar de la taza que yo sostenía en la mano, cambiaba una mirada con Casilda, la cocinera, y le decía:

—Se conoce que a Catalina no le enseñaron en su casa a ser cuidadosa. ¿Para quién la estaría criando doña Matilde? ¿Creería que vendría a buscarla el Delfín de Francia?

Yo sabía que él deseaba simplemente vengarse de alguna de mis absurdas escapadas a caballo. No obstante, me dedicaba a preparar en silencio argumentos para confundirlo. Pasaban y repasaban por mi cabeza que se calentaba.

Sentía como si me frotara contra una piedra puntiaguda, nada más que por el amargo placer de ser herida.

Pero, a la vez, dependía de él. Cuando recordaba lo que había sido hasta la mañana en que entré en la iglesia de San Laureano del brazo de Héctor, sonreía. Una especie de humedad brillante y delicada debajo de mis ojos me diferenciaba, más que los vestidos, de mis amigas solteras.

[Continúa]



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