Lee aquí las primeras páginas de «Afuera crece un mundo»


Con esta novela cerramos el ciclo de lectura del reto 10 libros en 2021. En ella acompañamos a Nay y a su hijo Sundiata en su paso de la esclavitud al cimarronaje y a la libertad y volvemos a la Colombia de 1840. Conoce el plan de lectura del mes de noviembre y lee aquí las primeras páginas para animarte a conseguir tu ejemplar.


Afuera crece un mundo

Adelaida Fernández Ochoa

En memoria de Dolores Fernández y Zoila Martínez, en memoria de sus padres esclavizados, mis mayores.

Sundiata de Gambia

Tengo miedo del tigre muerto. Con las rayas manchadas y la lengua afuera me hace llorar otro llanto que se queda atrapado en mi pecho. El sereno se bebió mis lágrimas. Camino, y caminando respiro el aliento de la fiera. Aliento de sangre que viene conmigo, se pegó a mi sudor y a mi nariz. Los gruñidos todavía aturden el bosque. La fiera se sacude las balas y todas las ramas se parten. Y huyen los guatines y las guacharacas. Viene detrás de mí, vivo y muerto. Aunque el camino es el mismo y mis pasos más largos, no llego, el tigre me pesa en la espalda, me jala hacia tras, hacia la sala donde todos se ríen, y siento vergüenza de ese que no soy. Ya no quiero ser Juan Ángel sino Sundiata, el que aprende a ser hombre con el maestro, en lunas que son tiempo, y dolor y miedo que son camino. Y no este tigre. La cabeza rodó por la sala y yo me espanté porque no sabía que lo llevaba a cuestas, y porque todavía tenía miedo de la fiera, del último salto y la última mordida. En mi garganta. Pero todos se rieron y entonces sentí vergüenza de ese que no soy. También siento la misma vergüenza cuando la bota, el grito y la risa me hacen temblar. Pero es que la una me lastima, el otro me aturde durante días enteros. Y la risa me vuelve pulga que ni siquiera pica. Antes lloraba cuando se acercaban, sin saber la culpa pedía perdón. Cuando imploro sin saber por qué, me vuelvo tortuga, tengo un caparazón y en él escondo la cabeza. Aprieto el sombrero contra el pecho. Ahora siento que de ese modo me amarro los puños. Como siempre, me quedo ahí, de pie, sin moverme. Y el golpe ya no me hace llorar porque duele sino porque es golpe. A veces levanto los ojos, apenas los ojos, y me quedo mirando la cara que me insulta. Creo que voy a parecerme a ese que no soy. Algún día. Ya los perros ladran, entonces se despeja la noche y no veo sombras ni siento tigres. Veo el resplandor de las hogueras, y árboles. Veo a mi madre, que espera en el empedrado, ella no sale al encuentro, le gusta mirar que llego por el camino del bosque, dice que de ese modo me ve crecer. Mi madre busca a Sinar.

Nay de Gambia

¿Qué pasa en la sierra, Sundiata? Madre, no pasa en la sierra sino en mi cabeza, fíjese: gotas de sangre escurren en mi cara. Las huelo. La sangre del tigre mordió mi nariz, la que estaba pegada del pelamen. Madre, ¿huele igual la sangre viva que la sangre muerta? ¿Qué pasa en la sierra, Sundiata? Por el monte a estas horas otros son los emisarios. Sí, madre, ¿se acuerda?, ellos tienen miedo de los cerdos. Yo, en cambio, no. Ya conozco las piaras, sé lo que van a hacer. Madre, los perros espantan la oscuridad con sus ladridos. ¿Qué olieron? ¿la fiera? O me olieron a mí envuelto en sangre de tigre. Yo venía lejos y Lucifer fue el primero en batirme los ladridos. Luego llegaron Conga y Chico, madre. El amor de los perros es alegre. La tinaja. Paso de largo a la tinaja para beber agua y mojarme la cara. ¿Por qué tengo miedo de un tigre muerto? Madre. Voy a avivar la llama del rescoldo, hay envueltos de choclo y tasajo. Hijo.

¿Cazaron el tigre? Sí, y también murieron Truncho, Campanilla, Mataleón y Olé. El amo le pegó un tiro en la frente, pero el tigre ya estaba herido. Una bala del señor Braulio le había entrado por el ijar, y el señor José le clavó la lanza en el lomo. Olé lamía la sangre. A Olé le gusta la sangre, sangre caliente, sangre de las heridas. Madre, yo me escondí porque tenía miedo, el tigre estaba al pie del árbol, pero acechaba en todas partes, entre la maleza donde yo me escondí porque tenía miedo, el tigre estaba al pie del árbol, pero acechaba en todas partes, entre la maleza donde me escondí, yo quería volverme morera, ¿madre, puede uno volverse planta? Sí, hijo. El tigre tenía todas las rayas manchadas. ¿Hace falta un tiro en la frente para matar al tigre?

Sundiata de Gambia

Madre sabe cortar las uñas, sacar niguas y espinas. Mis pies recogen venenos de los alacranes y pus de las espinas, los aplastan las piedras y las botas, y mi madre los cura. También los alivia de tanto que caminan. Sus manos y la comida me hacen suspirar. Madre, voy a dormirme oyendo un canto en su lengua. Acá secreta; allá hablada por la aldea. No la entiendo, pero me duermo acurrucado. Me escondo del tigre muerto. Tengo los colmillos clavados en mi pensamiento. Duermo sangrando.

Nay de Gambia

Suma doom
Kanam-isa yaay
Meew-I béy
heleleheh
Moom, isi na pur sa kóola
kóola’i port
heleleheh
ku isi naa ci suma boopa.

(Niño mío
cara de su madre
lechita de cabra
heleleheh
trae para tu panza
la panza de la tinaja
heleleheh
que traigo en mi cabeza).

Mi Sundiata aprende miedos. Antes que el sebo esparcido por las botas, previa la limpieza con el trapo húmedo, está el miedo, ¿qué otra cosa puede representarle la pulcritud del calzado a mi Sundiata? Un doble miedo, el uno lo sabe, el otro lo sé yo, está agazapado en su mañana. Y yo lo voy a matar. Después, al cabo de las millas náuticas, veremos el cadáver de ese miedo y otras pupas que han ido tomando fisonomía con el servicio al amo menor. Por ahora, mi hijo tiene que batirse despierto con las pesadillas que lo vencen dormido. Mi hijo permanece en la hacienda grande, por disposición mía y conveniencia de todos, los réditos deberán contribuir a ciertos planes, quizá no en la dirección que tengo prevista; empiezo a tener mis dudas. El niño le sirve: se despierta temprano, prepara el café, limpia sus botas, lo calza, maneja aguas hechas, servidas y limpias; en la caballeriza se encarga de los aparejos, cepilla el caballo, lo alimenta. Todo a horas y en aparente sumisión, tanto les teme mi Sundiata a los pies calzados. Como el garrote lo persigue, él suele pedir perdón. Yo estoy tratando de que no use esa palabra, la palabra perdón subordinada, yo haré que la cambie y en su lugar diga que eso no volverá a pasar, que mientras lo diga, mire al futuro, el futuro está más allá del amo, de su mano y de su pie. Y su risa. Que lo repita: Eso no volverá a pasar. En esa frase germina la semilla de la libertad.

A primera hora mandé mensajero portador de noticias: Que Juan Ángel estaba enfermo, que tenía fiebre, que le había sacado una ponzoña del talón. En cuanto se aliviara volvería a servir al amo Efraín. Enterado el amo padre pasaría, una tarde estas, a arreglar cuentas conmigo, a reprocharme que considere a mi hijo. Tus carantoñas lo vuelven haragán, dice. Le sirve a su hijo, digo. Servir es su función, dice. Le he dicho, sin embargo, que mi hijo deberá serme restituido en cuanto viaje el amo menor, a no ser que este se lo lleve. En caso de que esto se realice, mi Sundiata tiene instrucciones precisas: aprender y buscar su rumbo. Durmió hasta tarde. Sobre la mesa le había dejado leche y melao con pandihorno y carne seca. Yo estaba despachando la mula lechera cuando me abrazó: Madre, madre, dijo. Fuimos al potrero, estuvo ayudando a apartar el ternero para el destete. Luego, en la cocina, partió leña.

Lo habían visto rondando en las tardes, dispersando los caballos y enfureciendo los perros, dos habían desaparecido sin dejar rastro y a pocas varas de la empalizada habían encontrado blanqueados a dentelladas huesos frescos de un potro. Estaba por superarse la exigua caza de venados y loros, pellares y guacharacas, puro ejercicio de puntería, esparcimiento, nada digno de memoria. Ahora el amo no se iría sin su trofeo, en discreta exhibición llevará la piel, hermano mío de nación la cargará, y aquel, adelante, desentendido. Luego, en su aposento de Londres ha de estar en lugar visible, un tigre no muere en vano. Por mi hijo nos enteramos de que los señores José y Braulio, apenas llegaron a la casa, desollaron el animal. Y no se necesita testigo para saber que un talabartero forrará algún baúl, pero quedará faltando y de eso, por algún medio caerá en cuenta el amo menor, faltará quien relate la hazaña. Que no se le vaya a olvidar que todo lo registra Juan Ángel, suma doom. Se difundieron entonces la noticia y los rumores sobre los preparativos: José empezó a rastrearlo, le puso cebos, organizó el grupo, Braulio, su pieza clave, ya avisado, moderaría sus propias destrezas, él solo sería capaz de cazar un tigre adulto. Previno a los terrazgueros, Tiburcio fue el encargado de ponerlos al tanto y de prohibir la incursión por los bosques. Destinado ya estaba el héroe para la hazaña. En Santa Ruda, tal es mi nombre para esta hacienda, la ranchería estuvo pendiente de sus niños.

Cuando los hermanos se recogieron en sus chozas, mi hijo y yo hicimos la ronda de costumbre, los perros nos seguían a saltos, una hoguera reverberó por el poniente y el tono sostenido de Matías se dejó oír. Después, también nos recogimos en el aposento, mi hijo y su sombra, yo y mi sombra, completos los cuatro a la luz de la vela. La suya se proyecta en la pared y crece hasta el techo. Va a empezar a hablar y agacha la cabeza, yo se la levanto, le tomo la barbilla, le hago una caricia y le indico sus ojos y los míos: que no dejen de mirarse. Los suyos me alumbran el camino de vuelta. Le pregunto, aunque poco importe, quién cargó el tigre, si el caballo de Braulio o el de José. El del señor Braulio que lo merecía, madre. Pero yo no sabía que él era malo. Yo tenía miedo, madre, tenía miedo del tigre, al principio era invisible, pero estaba en todas partes, luego, herido y gruñendo, cercado por los perros sangraba echado, madre. Yo tenía tanto miedo. También tenía miedo el tigre, hijo. ¿El tigre? Los perros lo acosan, él se repliega, los cazadores lo atrincheran contra los árboles, también el tigre temblaba, miedo tenía de Campanilla y Olé. ¿Sabía que lo iban a matar? Por todos los osos y los venados y los pájaros y el jaguar y el guatín caídos, ya sabía. Él huele por qué ladran los perros en el monte. Cuando retumba la pólvora él presiente su piel curtida y templada en un bastidor. El cazador llega con su estrategia que vos ya conocés, hijo. Sí, madre: lo acosan, lo cercan; sin perderlo de vista, unos hombres cubren a los otros. Luego se turnan para disparar. ¿Y, ya sabés por qué? Sí, madre, porque pueden quedarse todas las armas recargadas, entonces la fiera ataca. O queda la piel llena de agujeros. De acertar todos el tiro, no les queda nada qué mostrar del tigre, hijo. ¡Ja!, ni tapiz de mueble ni cuero extendido en la pared ni tigre con osamenta de alambre será. Apenas cosa para contar, aunque conserve la piel, si está muy perforada, el cazador la esconde, no le sirve como trofeo, se burlarían de él. ¿Se burlarían del cazador?, ¡qué risa, madre!, pero la frente del tigre quedó perforada y a todos les pareció bueno, en la chacra del señor José y en la hacienda se aterraron con la cabeza del tigre, pero lo que más les gustó fue el tiro, la niña María metió el dedo en el hueco. Hijo, los huecos en la cabeza le dan gloria al cazador. Ya veremos la cabeza de la fiera en una pared visible, mostrando los colmillos que no se masticaron al cazador. ¿Y por qué el señor Braulio es malo, hijo? Me dijo que era una piedra que el amo le había pedido, ¿para qué querría una piedra?, me pregunté y lo supe cuando me la entregó. Supe que no era una piedra. ¿Por qué envuelta? Aunque estaba muy pesada pensé que de ser piedra, con ese tamaño, pesaría más. Pero, madre, la llevé todavía desangrándose en mis espaldas, cuando en la sala la desenvolvió el amo, se me clavaron los colmillos en el pensamiento. También se me clavó la risa de todos.

Joaquín de Villadiego, comerciante en vinos y tafetanes holandeses, con un par de arrieros, pidió sitio en el abrevadero para sus mulas, se les dio de comer a los hombres, aguapanela con plátano, los arrieros en el corredor, él en la cocina, traía noticias, habrá en Cali una junta de cabildantes, urgen estrategias de impacto, los nulos resultados de su pronunciamiento ante el Ejecutivo sacuden los cimientos de sus paraísos, no lo dijo en esos términos el señor de Villadiego, pero así debe entenderse. Se preguntaba quién les daría alcance a los hacendados de la comarca y si habrían ya sorteado la ciénaga, ¿se encuentra entre ellos tu amo?, preguntó. Tiempos son estos en que zamarros y humores empañan la dignidad del cabildo, no tendrán tiempo los hombres de vestirse como es debido, decía. Para este encuentro tenían previstos un frugal desayuno y mucho café, pero por ser un asunto de urgencia los cabildantes tendrían que suspender la sesión, una noticia le había dado alcance en El Cerrito: el ejército del general Obando, en campaña por el suroccidente, acababa de engrosar sus filas con un contingente de cimarrones en Cartago, pasarían por esta comarca en su acción proselitista para concentrarse luego en el paso de Moravia: Manda emisario de inmediato, negra, dijo de Villadiego, para que avise a tu amo, hay que hacerle frente a ese loco de oscura procedencia y postizo linaje con su turba de sediciosos que han de estar pasando hacia la noche, verás, yo tengo que hacer unas entregas personalmente en La Paila, ya el señor De la Pava tendrá dispuestas sus cuadrillas para enfrentar los saqueos, de buena fuente sabemos que la semana pasada llegó procedente de Santa Fe. ¡Arre, negra!, muéveteee, gritó desde el caballo, a ver si tu amo, en caso de estar en la hacienda, prepara sus cuadrillas…, que las prepare su hijo…, el capataz.

Pasada la prueba del tigre, con ser que lo acecha su cabeza cercenada con foramen, habilitado estaba mi hijo para correr el riesgo del garrote y la furia, debía volver a sus tareas, ese flanco había que cubrirlo, quizá la noticia aplacara las iras de los hombres. A todo galope partió en la Orejimocha, lo emocionó el entusiasmo de la ranchería que desplegaba sus movimientos en dos direcciones, recibir a las huestes y vigilar, sobre todo vigilar, hermanos de nación los hay de extraña índole, aunque con iguales marcas y parecida memoria se prestan de buena gana para blandir los zurriagos. Las tareas no se suspenden, se despacha leña, se prepara el queso, se recoge la cosecha, pero ancianos y niños vigilan, descubren acciones de hombres y mujeres devotos del amo o esperanzados en algún favor. De la ranchería salen personas con órdenes precisas, también tenemos nuestro toque de queda, con santo y seña, kerabe, kera dorong, suma waa ker, o cualquier otro. ¡Magangú! Es posible desplazarse monte adentro y entre haciendas y terrazgos, la percusión echa al vuelo su brújula, lengua lenguaraz la del tambor, no sabe el blanco servirse de él, sus tambores son de muy cortas palabras. Y el traidor está embolatado en la servidumbre, olvidado en la memoria. Las mujeres escamotearon su ración, destinaron plátano, carne y sal, y recogieron algunos cuartillos. Santa Ruda esperó hasta último momento una carga que llegaba del palenque Arará, serían armas adquirirdas en el avance que hicieron el pasado mes los cimarrones por un par de haciendas, esperábamos rifles y machetes. Llegaron ochenta y nueve machetes y un barril pequeño de rudimentaria fabricación, que no se dieron la maña de cubrir, de manera que la humedad, durante la travesía del monte, se había filtrado y tenía inutilizada la pólvora.

En la retaguardia voy, jinete de mi mula retinta, sale a despedirme la ranchería, las mujeres me vitorean y animan, que yo siga y tenga suerte que ellas ya vendrán a buscar a Sinar conmigo, todas con harta fe, porque arriba de Dios no vive nadie; yo les hago señas para que pierdan cuidado, que no se afanen, sus quehaceres aguardan, si no llegan yo entenderé. Voy a mi paso templado por doce años de búsqueda, he de recorrer el campo montada en mi mula, en lo alto habrá de reconocer, si no en mi rostro, por lo menos en mi cabeza erizada de colores. Sinar. Pero ellas insisten: Nay, tantos son los hombres y apenas dos tus ojos, nosotras vamos a suplir esa deficiencia: yo, apenas cante la marmita en el fogón, yo, no bien azote estas mudas en la piedra de la acequia, yo, cuando vaya y vuelva con la tinaja del agua, el refresco, la chicha; sin demora cuelgo esta ristra de carne de guatín, guagua, gurre; ya despacho este cuarto de tabaco, este atado de hierbas, estos familiares rezados; pongo estas hojas al sol, preparo la lejía, remiendo los zurrones; ya aplico un emplasto, purgante, infusión, toma, conjuro; en un tris tras pelo y pongo a secar el fique, las tripas, la guasca; desplumo estos patos; trenzo estas últimas varas de cabuya, paja, iraca, hoja de biao; a no más acabe de moler maíz, caña, panela, café; no bien ungida partera, nodriza, curandera o hembra marcharé al frente para ser tus ojos. Y verlo primero. Guerrero ha de ser, lavaré su cicatriz. Asaltaré el rosal de María para florecerle el agua. Sinar. 

Cuando mi Sundiata llegó con la noticia, se despacharon mensajeros hacia los terrazgos con instrucciones precisas de regresar sin demora trayendo hombres, perros, rifles y machetes que hubiera en cada chacra, las mujeres debían quedar al frente de las familias. En la ranchería, el capataz dio la orden de que mujeres y niños, y todos los mancos y cojos retiraran a medias las malezas para facilitar el ascenso a las garitas empanadas desdel a penúltma incursión cimarrona, debían, además, reforzar travesaños y afianzar plataformas. A la barraca de las herramientas fueron conducidas las familias de aquellos que estaban bajo sospecha de pertenecer a la resistencia cimarrona o de auxiliarla. Hicieron preguntas, amenazaron. El zurriago agitó sus siete colas.

La cuadrilla fue concentrada en los galpones, los hombres de confianza vigilaban los arsenales, tres arcones contenían fusiles, los machetes estaban amontonados en el piso. Todos esperaban al blanco que comandaría la operación. Setenta y tres hombres se apostarían según la estrategia que guarda en su bargueño el amo y que concibiera un capitán de tropa una noche en Santa Ruda, mientras convesaban sobre el levantamiento de los esclavos de La Bolsa y Japio. Él mismo retiró los folios, la pluma y el tintero y deplegó sobre la mesa el esquema relacionado con las posiciones. Asignó a cada uno su respectivo pelotón. El amo menor ayudó en la distribución de los rangos, primer oficial, segundo oficial, dependiendo del talante del terrazguero; estableció el número de hombres que integrarían cada cerco, la distancia entre ellos y su ubicación. Los servidores de confianza, diestros en delatar, salieron a todo correr. Se repasaron cercos y posiciones de francotiradores y centinelas. Los señores José, Pablo Vizcaíno, Pedro de Salamanca y un par de criollos que empiezan a trabajar chacras cordillera adentro recibieron autorización para descargar sus municiones en la humanidad de los negros que hicieran el amague de evadirse. Los amos entraron en la casa y se paseaban por el patio interior, atentos a cualquier eventualidad. Las mujeres se recogieron en el oratorio, acompañadas de las hermanas que sirven dentro de la casa. En cuclillas, al lado de la puerta, esperaba mi Sundiata.

Había revuelo en el Paso del Buey, la fonda abrió sus puertas desde la madrugada, el aguardiente circulaba a raudales, había gente sentada en el andén, los borrachos asoleados hacían esfuerzos por responder a las arengas de los que esperaban el paso del ejército entre la barahúnda de bestias y un par de tenderetes. Recostada contra la tapia de la fonda, izada en caña menuda una bayeta empolvada hacía tímidos aleteos. En la explanada colindante con el río, mientras unas mujeres atizaban el fogón donde se cocinaba un caldo, otras preparaban un refresco. Todavía no llegaban las amigas que esperan a Sinar, que lo esperan para mí, que ya no lo espero. Iba en mi mula retinta, por la costumbre y el movimiento cimarrón. Como otras veces cabalgaría por el campamento, sin el corazón estrangulado, bajo un chaparrón de silbidos y de ademanes obscenos, de pronto aparece el soldado que me agarra un pie y quiere derribarme y hacer lo que pueda, yo lo azoto con el zurriago, le pateo la cara, hay chiflidos y vítores prestancia me confiere mi mula retinta, me amparan los rumores que preceden a mi apariciòn: que manejo el huerto y la lechería de la hacienda Santa Ruda, que recibo los favores del amo, que contribuyo a la causa abolicionista, que la noche es un pleonasmo al lado de mi piel, tanagra de carbón, sale a decir un poeta remoto. Nay: que pobre, que un día, no muy lejano, digna de conmiseración, los pechos secos y una idea fija, mientras teje y desbarata, ya no cabalgará. Hay sonrisas de medio lado. Sinar.

¡Ya vienen!, gritó el que esperaba de cara al camino. Y multiplicando el mundo, todos corrieron a verlos, a encontrarlos, a darse un roce con la gloria descalza. Ya se sabe, descalza y con los dedos reventados, palpitantes las plantas, de las heridas salen piedras, se petrifica la tierra en las rajaduras de los callos. Nosotras ponemos emplastos, cargamos bateas para lavarles los pies. Después de pasar revista, esa noche, a la luz de la hoguera, arrancaría dos uñas flojas, en pies de distinto dueño, que quedaron pegadas a la madre por un hilo ya inútil y sin dolor. Uñas, podrida la una, sin males la otra, presa la primera de lesiones viejas y de niguas, les proporcionaron a los soldados el placer de ser tocados en esa parte. Y conversaron. Dijeron que tropezaban a causa del cansancio. Dijeron que, de presentarse la batalla, pelearían. Le ofrendaron las uñas a la libertad. Las uñas perdidas y todas las que, a causa de las piedras y de las niguas y de la pólvora, en adelante, se cayeran. Con dedo y todo. Dijeron que no conocían a Sinar.

Todavía lejos, en el último tramo del camino, apenas se adivinaban las siluetas envueltas en una nube de polvo, después emergieron cuatro jinetes, tres vestidos de paisanos y uno de militar, detrás venía la masa aligerando el paso en pos del agua, de la tapetusa, la cura, la llanura junto al río, un caldo, unas faldas levantadas. Por la fuerza de la costumbre me fijé en los jinetes, descartado estaba el general con su charretera de galones desflecados, descartado Candelario Mezú, los otros eran muy jóvenes. Tan rucios de polvo y hambre como la infantería descalza. Sacaban garbo del caballo. Me iluminó una duda definitiva: ¿Sinar sería el mismo? ¿Y yo? El general se adelantó, recibió vítores, hizo bailar el caballo, trote corto, vueltas, relincho, y la bestia parda en las dos patas de atrás al unísono con el gran grito: ¡A las huestes, negros! ¡Viva Obando!, respondía la turba. Candelario Mezú se paseaba al lado, atento, ahora eran los ojos del general, desentendido de sí. Flameaba la bayeta. 

A la mesa, única en la fonda, se sentó el general a tomarse el caldo. Un criollo al frente, otro a su derecha. Con ellos Candelario Mezú. Los hombres reclutados estarán en un campo de entrenamiento a la altura de Zamorano, Candelario se ocupará de levantar las tiendas, lista tiene la cuadrilla, cimarrones viejos llegaron antes a limpiar el terreno y a disponer el campo, recibieron la pólvora, levantaron garitas, cavaron trincheras. Uno de los criollos, de nombre Rufino Bermúdez, habla de entendimientos con Mosquera: ¿Podría pensarse, general, en una tregua?, dice. Mientras nos hacemos fuertes, dijo el otro, de nombre Jacinto Carreño. Vayan sabiendo, jóvenes soldados, que el poder no negocia. Arriba todo está dispuesto, Mosquera aguarda su turno: él será presidente. Los generales Isaza y Tabares van para el mismo lado, general, de pronto si nos unimos… Nuestra bandera, la libertad, nos beneficia a todos, dice Candelario Mezú. Y el general Obando dice: Entre líderes, me refiero a los generales, no basta la causa. La causa hay que entenderla, negocirla. La causa, siendo una tiene sus puntos divergentes. Con José Hilario López ya lo hemos hablado. Vamos por cantidad, fuerza. Hay que ir incorporando esos ejércitos hoy desarticulados. Hemos de hablar al respecto, Bermúdez. Carreño, ¿listo el plan de asalto? Sí, general. Cuchichea desentendido, le cumple a la barriga, el olor dice de un sabor a plátano, al mucílago, caldo de campaña, turbio, ¿entraña, el general, la mesa refinada? En ella aromas de especias y de hierbas diluyen las asperezas del fruto. Adoban el humo de la leña que todo lo satura. El paladar apenas la presiente. Pero el general come todo. Bebe su limonada. Eructa. Dice: La causa viene después, toma forma y sus precisas dimensiones y alcanza, con atención a posiciones ganadas. Tradiciones hay que afianzan en las leyes de Dios de tal modo que resulta imposible vulnerarlas, cada uno ha de cumplir su destino, lo dado por disposición de los designios divinos prevalece en las consciencias de los hombres. La espada defne el poder y la legislación se encarga del orden, de moderar los excesos de lado y lado y prever eventos desestabilizantes. Aquí es donde encajan las cabezas preclaras. Esa será otra etapa, soldados. Carreño pide permiso para cumplir su tarea. Dice: Un par de señores, Cucalón y Saa, acudieron al llamado de los notables en Cali, han de haber viajado con sus hombres de confianza. Listas están las tropas, limpia será la incursión.

[Continúa]


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