“Las estrellas son negras”: radiografía del apocalipsis diario en el Pacífico colombiano


Desde Alemania, un participante del reto 10 libros en 2021 analiza algunos componentes de la novela de Arnoldo Palacios, una colaboración que alimenta la reflexión colectiva sobre esta obra, parte del Club de Lectura Virtual. Para explorar más esta novela, visita nuestro especial de contenidos.

Por Juán Hernández Gutiérrez* [Alemania]

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“… Me voy para Cartagena, mamá… estoy jarto… ser pobre es la peor infamia… maldito sea el que echó la pobreza en el mundo”. 

No hay mejor línea que condense la trama de esta novela del autor chocoano Arnoldo Palacios, una obra que, a pesar de haber sido publicada hace 71 años, aún sigue vigente; una obra que todo colombiano debería leer para comprender la miseria que padecen nuestros hermanos afrocolombianos del Pacífico colombiano.

La historia del personaje Irra –a quien acompañamos en un día de su vida– transcurre en Quibdó, a orillas del río Atrato. Sin embargo, el drama que Palacios narra en cuatro capítulos no se limita a las tierras chocoanas: la historia se repite en Tumaco, Barbacoas, Guapi, Timbiquí, Buenaventura y en todas las poblaciones diseminadas a lo largo y ancho de la región pacífica. Inclusive, si se me permite la osadía, esta miseria diaria también se anida en otros territorios de la periferia colombiana, pues todos padecen a causa de los mismos horrores que reinan la vida Irra: los jinetes apocalípticos del hambre, la escasez, la discriminación y la violencia.

Un cuarteto apocalíptico

Todo inicia con el hambre, esa privación de alimento que trasciende la voz del narrador y que se cuela poco a poco por nuestros poros: la olemos, la vemos, la saboreamos, la sentimos: un hambre que no distingue entre hombres o animales.

“… ¿Cómo era posible soportar tanto tiempo sin comer?… la desazón se iba esparciendo a todo el cuerpo… sintió náuseas, un vahído… El estómago se revolvía produciéndose un cosquilleo, ansias de vomitar… se apretaba el vientre y luchaba por vomitar. Hasta que fue saliendo una cosa verde, viscosa que sabía amarga… le dolía fuerte el estómago… el hambre…”. 

También vemos el hambre a través de los recuerdos de Irra, cuando rememora ese remoto festín con el sancocho que alguna vez preparó su madre para toda la familia. Pero la más demoledora de todas las formas de hambre es la de su hermana menor, que paleaba las largas horas sin probar comida con el pañete de las paredes de su rancho o las heces secas que los perros desperdigaban a lo largo de su cuadra. El grado de descripción del autor es tal que parece rayar en un realismo biológico, químico, anatómico, presente en un día en las vidas de Irra y de su familia. 

Lee también: Las estrellas son negras: una obra colombiana más que necesaria.

El hambre es, sin embargo, solo el primero de esos jinetes; la escasez va a la par, como si fuesen gemelas o, mejor todavía, como si la una fuera una madre que lleva de la mano a su hija. El hambre surge de la privación de alimento. La escasez es omnipresente. Toda esta carencia se evidencia de muchas maneras: desde la falta de una vivienda digna para Irra y su familia (los muros están llenos de moho y el tejado a punto de colapsar), pasando por la ausencia de un sanitario donde hacer sus necesidades (lo más parecido que tienen es un hoyo en una de las habitaciones), la carencia de electricidad que suplen con una lámpara de keroseno, hasta las pocas pertenencias que yacen en los armarios desvencijados de la casa (sin mencionar las pocas prendas de vestir roídas por el uso).  

Pero esa pobreza no es patrimonio exclusivo de Irra, su madre o de sus hermanas, es una pobreza que se esparce por toda la geografía del puerto: por las calles sin pavimentar llenas de heces y de desperdicios y por los muros descoloridos de su cuadra. Es una pobreza que vuela con las moscas que acechan el queso y que permea los plátanos de las tiendas en donde fían sus vecinos; que se cuela por el mercado donde las mujeres negras fritan pescados que nadie compra, y que llega incluso a las casas aristocráticas de los blancos de la carrera primera. No hay una sola página en este libro en donde la miseria esté ausente. 

Junto al hambre y la escasez, aparece la discriminación como el mariscal del cataclismo que rige el destino de Irra: “unos sí tenían qué comer… los sirios y los paisas eran dueños de grandes almacenes… los blancos estaban empelados en el gobierno… pero los negros nada”. 

Y es que a pesar de que la miseria es generalizada –pues el aislamiento de la zona hace que las noticias y las películas lleguen en avión–, no todos la padecen por igual. Como se aprecia en el libro, los blancos usaban las lanchas rápidas para vacacionar mientras que los pescadores negros navegaban en piraguas. Los puestos de trabajo del Gobierno estaban también destinados para los blancos (o para los “negros lame suelas” del intendente). Las becas para estudiar en el interior también eran para los blancos. Los ricos comerciantes eran turcos o paisas, y hasta en las fiestas del Banco de la Republica los únicos negros eran los músicos. Este mundo desigual solo trae humillación y abusos para los negros, tal y como nos lo hace saber Palacios a través de la vida del negro Iván de Condoto o del oficio de la madre de Irra, quien les lava la ropa a los blancos.  

Completando el cuarteto apocalíptico está la violencia, una violencia con v minúscula: la cotidiana, la privada, la íntima, la que se da contra los seres que amamos; microscópica si se quiere: esa violencia doméstica cuando Irra descarga su ira con golpes a su hermana menor o cuando estrella con las paredes de su palafito el arroz y plátano que su madre preparó en la noche. También está esa violencia psicológica que acompaña a Irra durante sus horas de vida donde su frustración y rabia buscan la forma de materializarse ya sea con sus ideas de suicidarse o en planear el asesinato del intendente, culpable de todos sus males. Y, por supuesto, está también la violencia sexual: la del turco cuando acosa a Irra a cambio de unos pesos o la de Irra, quien tras hacer el amor a la mulata Nive, solo le paga con desprecio y arrepentimiento. No por eso estas micro violencias dejan de ser tan demoledoras como la Violencia con V mayúscula, esa a la cual estamos tan acostumbrados en Latinoamérica.

El escape

¿Cuál es la única esperanza para Irra? ¿Cuál es la única forma de salir de ese apocalipsis?: la huida, el escape, el exilio; ir a rebuscarse una vida lejos de allí, buscar su madredediós en otra parte. La migración es la última opción de redención para todos los sentenciados por los cuatro jinetes de la desgracia: 

“… Irra tomó la decisión de marcharse. Viajar. Sí. Viajar. Irse lejos. Allá. Más allá. Mucho más allá. No detenerse mientras le faltara el pan. Pan para su madre. Pan para sus hermanas. Pan para Jesús (su hermano). Pan para él… para todas las gentes… Irra iba a abandonar el Chocó”.

Y toda esta pobreza se enmarca en los hechos históricos de finales de la década de los años cuarenta, un tiempo en donde la ambientación de la tragedia de Irra, sino también del mismo Palacios. Porque es con la muerte de Gaitán, el agitador de la chusma en una sociedad excluyente y cerrada, el momento en el cual el original de “las estrellas son negras” quedó reducido a cenizas en el incendio que devoró tanto el Edificio García Cadena de la Avenida Jiménez como a todo el centro de Bogotá.  

Entonces, ¿por qué leer Las estrellas son negras? Porque en esta novela corta, uno de nuestros más grandes escritores retrata de manera desgarradora y visceral la pobreza, la violencia y la marginalidad del Pacifico colombiano, las cuales, transcurridas dos décadas de este nuevo siglo, aún no han desaparecido.

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* Juan Hernández Gutiérrez es politólogo colombiano y reside en Alemania. Disfruta de la lectura, en especial si es latinoamericana. Dice que también le gusta escribir, en particular historias enfocadas “los ofendidos y humillados en las periferias de este nuevo mundo feliz globalizado”. Es miembro del Club de Lectura desde noviembre de 2020.

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