¿Qué podemos entender por “Justicia transicional”?

Desde Cali, el periodista y editor Juan Guayara comparte algunas reflexiones sobre lo que significa “justicia transicional” y, en particular, resalta la visión del concepto desde la antropología. Un artículo del especial sobre la Paz en Colombia, creado en colaboración con nuestros lectores.

Debemos saber qué es verdad.
Debemos decir cuál es la verdad.
Y debemos llamar mentira a la mentira.
Chimamanda Ngozi Adichie

Por Juan Guayara Mora* [Cali, Valle del Cauca]

La justicia transicional es una idea que recorre el mundo como mecanismo e instrumento de restauración de derechos, esclarecimiento de verdades, aplicación de justicia y reparación de comunidades que han sobrevivido a las guerras. Su aplicación ocurre en países afectados por períodos en conflicto donde la represión y las violaciones de derechos humanos masivos y sistemáticos han sido de gran proporción y crueldad. Ante estos eventos, y frente a delitos categorizados como de lesa humanidad y sin responsables directos y , el sistema judicial convencional es insuficiente.

Los abusos masivos y sistemáticos destruyen legados sociales y culturales y debilitan a las comunidades. En un contexto en el que las normas morales y legales se han desmoronado, después de oleadas de confrontación y exterminio, las víctimas se encuentran en situaciones de riesgo, en medio de lo que ha dejado el horror de la guerra.

Además de descubrir “victimarios” y “víctimas”, garantizar la defensa de los derechos humanos y promover leyes que garanticen la implementación de un acuerdo de paz y reconciliación para evitar la repetición de las guerras, la justicia transicional establece  una dialéctica que propone un recorrido audaz que trasciende lo normativo y alude a dimensiones filosóficas y espirituales en las dinámicas de reparación hacia las comunidades y sobrevivientes, y el restablecimiento de su dignidad como personas.

Esta característica se sustenta en lo lingüístico, en la verdad, en la construcción de la memoria histórica. Aquí se ponen en marcha formulaciones de ley que requieren de esfuerzos permanentes y cotidianos para hacer realidad una visión transformadora que profundice en el sentido ético e histórico sobre lo ocurrido durante el conflicto armado interno de una nación.

Aquí se resalta la palabra como didáctica y la itinerancia como pedagogía, se reconoceun territorio de violencia como si se reconociera un cuerpo, y se le asigna un nombre a esa experiencia multiforme. En este contexto se hace legible el territorio, se leen sus rastros de modo que sea posible acercarse a las ruinas de lo social

Esta búsqueda de realidades establece una dualidad entre la vida y la muerte, entre lo material y lo inmaterial, entre lo físico y lo emocional. Constituye una apuesta comunicativa en la elaboración de relatos a través de testimonios que conectan el pasado con el presente y la proyección del futuro en un mundo plagado de dolorosos recuerdos y presencias fantasmales convocadas para cederles una voz en un escenario en el que desaparecieron.

Esta visión trasciende el carácter antropocentrista de la ley y se adapta en una especie de animismo al incluir y considerar la naturaleza y el hábitat del territorio como elemento vivo, imperecedero y de profundo valor para las comunidades afectadas. La posibilidad de lo espiritual en los procesos de reparación se halla atravesada por esta fuerza intangible que logra volverse un método de sanación y verdad, así ocurra en un plano metafísico y se exprese en el meridiano de las emociones. 

La crisis de humanidad que nos ha legado el conflicto interno colombiano de manera incesante por más de cinco décadas, es también una crisis institucional y de ciudadanía. Reestablecer la confianza es esencial para aprender a convivir en medio de las diferencias y para que se profundice en los valores de la democracia.

Aún así, este objetivo pareciera una utopía en nuestra nación. La desmovilización de la guerrilla más antigua de Latinoamérica tras unos acuerdos de paz no ha sido suficiente para el cumplimiento de lo pactado ni para que se frene la violencia. Hoy se reconocen más de ocho millones y medio de víctimas, el despojo de tierras persiste, se asesinan reclamantes de tierras, líderes sociales y comunitarios, continúa el desplazamiento; y la indiferencia del Estado socava la confianza en el proceso, en las comunidades afectadas, en la sociedad.

Ante este estado permanente de abusos y amenazas, la idea de una nación incluyente se diluye desde el mismo ejercicio en el territorio dados los riesgos por volver o estar y, debido a esto, por no poder desarrollar las estrategias para conocer la verdad ni para reparar. Esto constituye una problemática más compleja en estos escenarios del posacuerdo, pues el recorrido del mecanismo de la Justicia transicional se detiene de nuevo en las parcelas, caseríos, veredas, poblaciones y territorios sagrados indígenas azotados anteriormente por las masacres y la intimidación, sin poder recorrer esos sinuosos caminos para recolectar las palabras y los silencios, las nostalgias y los dramas que encarnan la memoria.

Que es justicia transicional

Diferenciar para incluir: una visión desde lo antropológico

La inclusión es un término recurrente en las prácticas sociales. La nación contempla la pluralidad del territorio, la cobertura de derechos, la equidad como sociedad, y esta dinámica no es más que el reconocimiento de las personas en su integridad personal y política. Sin embargo, es necesario contemplar la diversidad de comunidades y formas de afectación para una interpretación del contexto y entorno. Esta diferenciación establece un escenario más allá de la estandarización de la justicia internacional en términos de protección y derechos humanos, de la normativa nacional, de  lo administrativo y asistencial.

En territorios bajo la denominación de “transición” es necesario profundizar en las dimensiones de los daños a las comunidades, localizar las repercusiones en su humanidad, contemplar los relatos, clasificar y categorizar discursos. Es importante contar con una perspectiva disciplinaria no contemplada en los procesos de justicia y reparación debido al mercantilismo asistencial y el propósito de alcanzar prioridades estadísticas.

La antropología, o el enfoque antropológico, deben ser contemplados en estos procesos restaurativos, y su valor radica en el aporte interpretativo del fenómeno, una perspectiva que propone una resistencia contra el olvido, la instrumentalización y los vertiginosos tiempos institucionales proyectados en imaginarios de cambios hacia el futuro sin develar ni resolver circunstancias instaladas en el pasado. 

En un contexto como el colombiano en la actualidad, la “transición” no implica la terminación de la violencia sino la aparición y diversificación de otras violencias heredadas de un conflicto irregular plagado de intereses particulares que aún ejercen intimidación y riesgo tanto en comunidades urbanas como rurales. Un caso palpable lo constituye el de las “casas de pique” (lugares dedicados a la tortura, el asesinato y la desmembración de cuerpos) en territorios del litoral Pacífico

Estos eventos demuestran no solo el abandono de las políticas de Estado y la reactivación de la violencia (la complejidad de la relación entre el proyecto económico y el proceso de paz), sino nuevas formas de crueldad y desaparición. Estas experiencias arrojan nuevos insumos para el estudio del conflicto en relación con la violencia y la sociedad. En aquello conceptualizado como projimidad del otro se desbordan líneas discursivas y se revelan sensibilidades pertinentes de ser valoradas y evaluadas, y que son poco consideradas para el sistema oficial en su tecno-lenguaje.

Allí es donde la antropología se despliega como recurso para diferenciar el tipo de comunidades, las formas de conflicto y sus consecuencias en los imaginarios de las víctimas. Recorrer bajo la incidencia de esta disciplina los territorios afectados alude a reconstruir una visión integradora que reconoce singularidades y posibilita diversos tratamientos en las formas de reparación y restauración acorde a las creencias, tradiciones, arraigos, ausencias y hasta silencios.

Todo fenómeno humano y social se convierte en un antecedente significativo para identificar los orígenes, el estado actual, las repercusiones y las dificultades en la proyección del bienestar de una generación en escenarios aún vulnerables debido a una violencia que pareciera irreductible, que se presenta más ambigua, compleja y anónima; ejercida por grupos renovados y heterogéneos que continúan intimidando, atentando, perturbando el retorno y el asentamiento de desplazados a sus territorios, desestabilizando procesos de recuperación de la verdad y afectando las dinámicas de reconstrucción de la memoria.

Ante estas problemáticas recurrentes y experimentadas tras desmovilizaciones de grupos armados y acuerdos de paz en Colombia, la promesa de protección y no repetición se desvanece y aparece la figura de un sobreviviente perenne en nuevos ciclos de violencia, cada vez más deslegitimado y carente de soluciones puntuales; victimizado de nuevo dentro de la “transición”.  Por eso, tras esta perspectiva disciplinaria se obtiene una mirada pluralista, se está atento a los significantes de las prácticas, al recorrido y efectos de la historicidad del instrumento de la transición, se relaciona y compara con los sistemas contemporáneos a nivel global y propone un acompañamiento más prolongado en las diferentes propuestas e iniciativas que surgen durante el recorrido.

Navegar entre el texto académico, el ensayo o la narrativa, a través de los sonidos o las imágenes visuales, sin perder el rigor pero permitiendo la creatividad, refleja nuestra capacidad para trasmitir a otros, desde niños de escuela hasta súperexpertos; esto unido a la capacidad de hablar en diferentes lenguas disciplinarias, en una suerte de poliglosía humanista.

Esta dimensión de lo intangible se aprecia de forma más específica en la cultura y la tradición de los pueblos indígenas, donde el territorio adquiere connotaciones de lo sagrado en relación con su cosmogonía, con sus lugares venerados, con sus prácticas rituales. Esta diferenciación abre un terreno hacia el campo espiritual para comprender las características de un grupo humano y los diferentes tratamientos en las prácticas restaurativas.  

La interrupción de la vida de forma violenta en el imaginario indígena significa una alteración del orden simbólico, es una ruptura con el cosmos, con el escenario que habitan. Se destruye la línea primigenia del pensamiento indígena con su tejido cultural. Reconocer la diferencia para incluir es esencial en el ejercicio de armonizar el proceso con estas poblaciones, de paso se enfatiza en el respeto a los derechos como cultura y se priorizan sus formas de reparación, desde allí se debe establecer una metodología para establecer un equilibrio coherente con su universo espiritual.

Aquí es importante resaltar la explicación que aporta la investigadora Diana Quigua en el Informe Nacional sobre Pueblos Indígenas, que expone situaciones aclaratorias a este documento de la justicia transicional. 

Empiezan a cambiar ritualidades y a demandar otras para sanar escenarios donde se da la “mala muerte”. En los lugares donde se muere una persona tienen que hacerse unos rituales específicos, y en el conflicto armado, por tiempo y por seguridad, no se podían hacer, entonces los territorios quedan alterados. Las medidas de reparación deben contemplar esos escenarios. Pero han resistido. Ese es el segundo punto al que ha querido dársele importancia: la construcción del movimiento indígena como respuesta a este proceso histórico de exterminio físico y cultural. Además de lo que se puede denominar resistencia, vamos a las lecciones aprendidas que ha tenido el movimiento indígena para la construcción de la paz.

Tanto víctimas como metodologías atraviesan niveles de transición dentro del proceso transicional. Es una búsqueda constante, un experimento de construcción lingüística sobre lo mítico, lo sagrado, lo alterado y lo ofrecido para sanar. El castigo y la verdad para estos imaginarios son adyacentes al daño; la espiritualidad es la prioridad, la ausencia de una restauración auténtica es un daño más que se agrega a su historial de afectaciones.

Esta problemática sigue sucediendo, no solo por nuevos actos de violencia en el posacuerdo, sino también por el desconocimiento de implementaciones tecnócratas que dejan al descubierto que no estamos preparados para asumir una inclusión integral. Por lo tanto, un enfoque antropológico beneficiaria a la memoria como fuente y reserva de información que se devela al hacer una inmersión en las culturas indígenas como pensamiento y cultura, como respeto a sus tradiciones, espiritualidades y prácticas; además aportaría a una interpretación del fenómeno considerando consecuencias en su desaparición como cultura o para prevenir daños futuros. 

Podríamos concluir que la justicia transicional es un ejercicio constante de participación e innovación. Esto implica analizar el contexto para elegir las intervenciones que éste exige y adaptarlas a las diversas circunstancias. De esta forma se incluye lo intangible, que constituye un insumo esencial para una reconciliación integradora, como está proyectada en los últimos Acuerdos de Paz. 

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* Juan Guayara Mora vive en Cali y es licenciado en literatura de la Universidad del Valle. Editor y productor de contenidos web para plataformas creative commons.

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