Llevar a Colombia en el alma. Saludos desde el desierto de Arizona

¿Qué es y de dónde salió Diario de Paz? ¿Qué tienen que ver los cactus y el desierto del sur de los Estados Unidos, con la historia del conflicto armado colombiano? En esta carta, la editora antioqueña Koleia Bungard cuenta la historia detrás de este proyecto de comunicación para la paz. Una carta para animarte a subirte al tren.

Tucson, Arizona. 21 de agosto de 2018

Queridos amigos, seguidores y nuevos lectores de Diario de Paz Colombia:

Captura de pantalla 2018-08-10 a las 12.07.06 p.m.Escribo esta carta desde un escritorio lleno de libros subrayados, fotocopias y textos que ando leyendo a la loca: paso de una novela a una colección de relatos; de una investigación antropológica a una serie de testimonios escritos por los sobrevivientes del conflicto armado; de un relato de viaje al Amazonas a un reportaje sobre los indígenas del Alto Andágueda, en los límites de Antioquia, Risaralda y Chocó.

La mayoría de los libros que hojeo y leo en los últimos años tienen un tema en común: Colombia: su historia, patria y reciente. Estas lecturas, sumadas a diariodepaz.com y a mis conversaciones con familiares y amigos, son los canales que he creado para seguir conectada con mi país, mientras vivo con mi esposo y nuestros dos hijos en Tucson, a cuarenta minutos de Nogales, en la frontera entre Estados Unidos y México.

Quiero presentarles la nueva etapa de Diario de Paz Colombia y contarles un poco sobre mí (quién soy y por qué me llamo así de raro); explicar las razones que me trajeron al desierto de Sonora y las que me tienen hoy, desde un escritorio a miles de kilómetros de distancia, pensando, escribiendo y promoviendo la lectura en y sobre mi país.

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Empecemos por aquí: hasta hace algunos años me llamaba Claudia Arroyave Villa y vivía con mis papás y mis hermanas en una casa funeraria (el “negocio” familiar) en Santa Rosa de Osos, Antioquia. Un día, de pura rebeldía adolescente, me cambié el nombre por Koleia, y ahora firmo con un apellido alemán que hace cinco años acepté llevar, el día que me casé con Tucker Bungard, el hombre al que amo.

Nos conocimos en Guatemala en el 2012, cuando yo cumplía dos años viajando de mochila por Centroamérica. Me había lanzado a la aventura después de trabajar durante tres años en un canal de televisión en Bogotá y de haber recorrido en parte el país dando talleres de escritura a profes en las regiones. Digamos que había salido hastiada de las noticias dolorosas de Colombia y quería dejarme ir. Esa experiencia de viaje –que no alcanzo a resumir aquí–, en vez de alejarme de Colombia, acabó acercándome mucho más, pero de otra manera.

A mediados de 2013, mientras en medio de mi primer embarazo alquilábamos una casita en el centro de Tucson, mi corazón halaba con desesperación para Medellín: mi alma empezaba a experimentar un duelo migratorio del que hoy, cinco años después, no me repongo: en unas páginas de mis diarios escribo sobre lo mucho que me duele estar lejos de Colombia; en otras, adolorida por las noticias que leo, agradezco no vivir más allá; una dualidad enfermiza que es ya una poderosa parte de mí.

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Para adaptarme a este desierto tuve que aprender a manejar carro y, a fuerza de frustraciones, acostumbrarme a vivir en inglés. De pronto me sorprendí llamando hogar a Tucson y me matriculé en una maestría en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Arizona. La directora es una antropóloga colombiana a quien admiro mucho: la maestra Marcela Vásquez-León. Ella me dio fuerzas para medírmele al reto académico y me ha acompañado mientras desarmo una palabra como tema de investigación, claro: Colombia.

¿Y por dónde empieza uno a leer, a estudiar, a tratar de comprender por qué ha habido tanta violencia en Colombia? Pues aquí sigo yo envuelta en el desbordante universo de la literatura académica y literaria sobre el país. Aquí estoy yo, desde tan lejos, haciendo un viaje al origen.

El año pasado, gracias a una beca de investigación volví por tres meses a Medellín y me matriculé en un curso sobre construcción de paz en la Universidad de Antioquia. De esas largas jornadas reflexionando sobre nuestro rol como ciudadanos en la época del “posacuerdo”, se me ocurrió abrir un sitio web e invitar a mis amigos periodistas a pensar y producir juntos contenidos para promover una cultura de paz y propiciar diálogos constructivos sobre los retos y desafíos de construir una “nueva” Colombia. Muy pronto me vi metida en la grande y desde ese 4 de julio del 2017 tuve que trabajar muy duro, madrugar y trasnochar para no salir con un chorro de babas.

Como han visto quienes han seguido el primer año de este proyecto, sin tener el norte todavía muy claro, con el apoyo editorial de Lina Ceballos (periodista y ahora candidata a un doctorado en filosofía) empezamos a escribir textos apoyados en la línea del periodismo constructivo: relatos que buscan resaltar las soluciones que las personas y comunidades les han ido dando a los problemas de cada día: a la falta de educación, proyectos como la Casa Motete en Chocó, o la Casita Rural en San Vicente, Antioquia, o la Biblioteca Sueños de Papel, en el barrio de asentamiento La Cruz, en Medellín; a la falta de oportunidades para los chicos del campo: el ejemplo de la Asociación de Jóvenes por Rionegro, en Caquetá, o el colectivo Maquinando Conocimientos Colectivos, en Nuquí, Chocó; a la necesidad de mentoras para las niñas de los barrios vulnerables de Bogotá: la Fundación Niñas de Luz; al ruido de la guerra en los Montes de María, música de gaitas para la paz.

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Como es claro que no puedo dejar fácilmente este escritorio y lanzarme a la reportería en las calles y territorios de mi país, explorar las posibilidades del periodismo constructivo como aporte a la paz en Colombia es todavía un camino que quiero recorrer, de la mano de los protagonistas de estas experiencias pacíficas. Quiero ayudarlos a ellos mismos a escribir sus relatos, a través de la creación y edición colaborativas. Creo que vale la pena reconocer, resaltar y difundir historias que nos inviten a conocernos, re-conocernos, y que sirvan de ejemplo a otras comunidades. No es que quiera ocultar con frases bonitas la dolorosa realidad que vive Colombia, eso es imposible porque es parte de nuestra esencia social, pero considero que hay que ser cuidadoso en la manera en que difunden nuestras conflictividades, pues es importante no estimular la sensación de derrotismo, ni promover la violencia misma.

En adelante, con ayuda de los colaboradores y amigos de Diario de Paz Colombia comenzaremos a enfocarnos, además, en una nueva línea de textos bajo la óptica constructiva. El objetivo es difundir y replicar lecturas para pensar al país: recomendar obras valiosas para reflexionar sobre la historia, la política, la cultura, la ciencia, incluso la poesía. Seguiremos también entrevistando a quienes, desde sus pasiones y profesiones, nos ayudan a ampliar la visión del país (conversaciones en la línea de textos como Diez puntos clave para estudiar más a fondo la historia del Caquetá; o Un diablo al que le llaman tren, el libro que revive los ferrocarriles de Colombia).

Mientras Diario de Paz ha ido tomando forma, sigo enseñándoles a mis hijos a hablar en español, a comer solos sin regar la sopa, a usar la basenilla, a repetir el trabalenguas de la erre con erre cigarro, erre con erre barril. Amaso, armo y cocino arepas cinco de siete días a la semana, los duermo con cuentos que pasan en un país no muy lejano llamado Colombia en el que los niños chupan mangos y zapotes, comen buñuelos y toman Maltica. Les leo las fábulas de Rafael Pombo y con un ejemplar de Nacho Lee les enseño el abc. Soy pues, colombiana tiempo completo.

Este semestre (agosto a diciembre), sin embargo, estaré yendo cada lunes a la frontera de Nogales, en donde iré investigando temas y aprendiendo de la vida en esta región del continente.

Para terminar, quiero traer a colación lo que me dijo el maestro, politólogo y economista Germán Valencia en una entrevista: Es vital que afrontemos esta etapa, esta coyuntura, con seriedad. Se requiere una población formada, necesitamos líderes para el posconflicto, gente que trabaje para la construcción de paz. Toda labor, por simple que sea, requiere personas con saberes. Y en general, cada colombiano podrá tener retos aquí”.

Su invitación –y la mía– es a que cada uno desde su campo, piense la paz como un elemento que nos puede unir, que nos puede cambiar la manera de ver el mundo y que nos puede ayudar a ser muy comprometidos con nuestras profesiones, si es que de verdad queremos construir un país.

Yo, por mi parte (periodista, mamá, esposa y aprendiz de escritora), desde este desierto rechinante en verano, pongo a disposición esta casa de letras para que quien quiera pase y entre un ratico a pensar, a escribir y a leer al país. Las puertas quedan abiertas para que compartan relatos también ustedes, para que escribamos juntos este capítulo de la historia que compartimos.

Abrazos con cactus,

Koleia

Pd. Esta segunda etapa comienza a escribirse en alianza con Sílaba Editores, la Corporación Picacho con Futuro, la Corporación Lluvia de Orión y Melodistas. Queremos más amigos en la casa. Únete, pasa la voz. ¿Alguna pregunta? ¡Comenta!

 

 

 

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Escrito por

Periodista, escritora y editora colombiana. Co-fundadora de Diario de Paz Colombia. Estudiante de maestría en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Arizona.

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